Hace quince años heredé de mi padre una guitarra y dos acordes, un la menor y un mi menor. Fue todo lo que pude llevarme después de 10 años de estudios de piano en Madrid. También heredé, más o menos en la misma época, un grabador Panasonic de un abuelo materno que jamás conocí. En la habitación de mi nuevo hogar, tenía estas dos cosas, junto con una cama y un armario. También una mesa de dibujo, que milagrosamente me esperaba en la casa de alquiler.
Compré un libro de acordes para guitarra, y conseguí, una edición buena de canciones de Silvio Rodríguez, un regalo incalculable con todos los misterios de sus armonías. No tenía más que repetir las posturas del libro y conseguir cierta agilidad en los dedos. Tantas fueron las tardes dedicadas a mi empresa, que conseguí sacar un repertorio. Y pronto usé ese conocimiento para crear mis propias melodías que grababa e improvisaba, escribía letras, investigaba otras posturas, otros sonidos. Escuchaba mi voz en la cinta de casete, y reconocía nuevos límites. Aquella exploración, aquel viaje, no tenía fin. Con 16 años, me invitaron a realizar mi primer concierto. Llena de ingenuidad y miedo, me fueron contratando habitualmente. El público desconocido se acercaba a los bares y los teatros donde tocaba. Y de buenas a primeras, decidí, envuelta de misterio, abandonar mis conciertos en solitario. Abandoné mis canciones, abandoné mi guitarra, abandoné mis cintas de casetes, y el Panasonic se estropeó con tanta espera.
Pero la música me persiguió allí donde fui. Participé de manera constante en otros proyectos, con otras personas, de muchos estilos, géneros y versiones laborales. Ahora, transcurridos quince años, vivo desvelada, con cierta resignación a la vez que satisfacción, mi verdadera vocación: la música.

La perspectiva del tiempo, consejera y apabulladora, me da razones por las cuales abandoné mis creaciones al primer golpe de temor. El discurso, ha cambiado. Los objetivos también. Más consciente y más sentida, me asisto a mí misma, en mis propios pensamientos, me escucho en silencio, sin entorpecerme. Escribo otras cosas, busco otros caminos, sin detenerme en lugares que no me corresponden.

Estas imágenes corresponden al 22 de octubre del 2010. Concierto de estreno de “un repertorio incompleto”, porque no están todas las canciones que son, ni son todas las canciones que están. Canté en casa, junto a mis amigos y otros desconocidos prometedores. Junto a mi amiga y músico Elisa Planagumà, desenpolvé mis sentimientos, mis pensamientos, mi diafragma y las vísceras. Un proceso inquieto, un hacer las paces con algo interno. Abrí la boca, pero no entraron moscas, ni murió el pez.

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