11.30.09
Con el bendito silencio del cansancio
Mientras encuentro el minuto exacto de inspiración, divagaré de mala manera, no sin maldecir, la punta gruesa de este boli publicitario y los malos modales de mi letra. A estas alturas de la noche no está para composturas ni modales. Los monos duermen, y las culebras. Alguna luciérnaga debe sobrevolar la hojarasca húmeda, hasta las setas disfrutan de la hora más tranquila.
Y yo aquí, pensando a quién idolatrar, pero todos mis ídolos me han defraudado, incluso diría, traicionado. Delataron mis limitaciones hasta humillarme a ras de tierra, bajo inocuas amenazas, aún podía arder en algún infierno vulgar. ¡Y me obligaban a dar las gracias!. Así presiento que malgasto partes de las horas, de los días, de la vida desenvolviendo lo que me rodea, como quien desenvuelve paquetes y regalos vacíos. A veces con ímpetu, otras, impetuosamente. Es tal el agotamiento que ya no cabe nada más, ni rabia, ni tristeza, nada. Sólo la extraña lucidez del cansancio que convierte el ruido en silencio, y ensalza el palpitar de mi pecho con reveladora claridad.
Me descubro honesta ante él, abandonando inútiles credos. No me pierdo detrás de los pájaros, no corro tras sombras blancas. Simplemente: caigo. Caigo sobre el único lecho de mi cuerpo.